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¾ ¡Es increíble! Nunca pensé que don Julián fuese capaz de una cosa así. Sabía que era un tirano, que incluso, le daba mala vida a su propia familia, pero de eso no lo creía capaz.
¾ Don Julián ¾dijo Juanín, admitiendo el don como un postizo¾, no sólo fue capaz de asesinar a mi padre, sino que, además, dirigía los paseos nocturnos y se encargaba de dar el tiro de gracia.¾ ¡Qué cabrón! ¡Qué falso! Juanín trabajaba de camarero en el Café Guantánamo, en turnos de mañana y tarde, excepto los fines de semana que tenía horario indefinido. En el desempeño de su trabajo, era paciente, atento; servía al joven de una manera jocosa y gentil, al anciano con un trato esmerado; y al contrario de sus compañeros, no distinguía al rico del pobre por el volumen de su cartera, sino por otros valores menos materialistas. De todas formas, para él todos los clientes merecían el mismo trato, porque Juanín era un profesional, el mejor camarero del pueblo. Pero, además, Juanín tenía otra profesión: era radiotécnico. No había una sola casa en el pueblo que no tuviera una radio hecha por Juanín. Aunque este pluriempleo le reportaba una sustanciosa cantidad de dinero; tanto como lo que ganaba en el Guantánamo, más que una profesión, aquello era un hobby para él. «Hombre de muchos oficios, poco beneficio», le decía su tía cuando lo veía sentado frente al banco de trabajo, desordenado hasta lo indecible. Juanín era constante e infatigable en su trabajo, pero muy desordenado. El silencio se rompió en el momento más inoportuno, justo cuando el coche giraba en torno a la estatua del Generalísimo. El viento empezó a soplar de la mar en dirección al pueblo ¾viento de fuera, que dicen los marineros¾, debido a que la marea estaba cambiando su ciclo. Los sonidos de la actividad portuaria se hicieron más agudos, incluso se escuchaba el traqueteo de las cazoletas de una draga que estaba operando en la boca de la barra, a una distancia considerable del pueblo. «Tus empleados no te olvidan», rezaba en una de las numerosas coronas que encabezaban el cortejo. Y no era para menos, después de los sueldos míseros que pagaba. Don Julián era dueño de unos talleres navales, de un astillero de rivera; y de un almacén de efectos navales que surtía a todos los buques que arribaban al puerto. Con la mirada perdida en algún lugar impreciso del horizonte, Juanín se dejaba llevar por el triste recuerdo de la muerte de su padre. ¾ ¡Cuánta gente! Parece el entierro de un minero. ¾dijo Valerio, con la intención de quebrar el silencio.Juanín viajaba distraído en un banco del tren del recuerdo y no prestó atención al comentario.Valerio probó con una pregunta más directa: ¾ ¿Quiénes eran los otros tres que iban en la camioneta? ¾dijo, esperando obtener más fortuna en la respuesta.¾ ¿Qué?¾ Los que mataron a tu padre ¿Viven todavía? Juanín esquivó la pregunta.¾ Tú no deberías de estar aquí. A ti, esto ni te va ni te viene. ¿Por qué te has quedado conmigo?Juanín le había enseñado a nadar, a montar en bicicleta; a diferenciar las setas comestibles de las venenosas, además del nombre científico de más de treinta especies. También le enseñó a pescar pulpos, a ordeñar las vacas; a andar por la cucaña como un acróbata por el alambre, y a entender la electrónica, que cada día le apasionaba más. A Valerio le sobraban motivos para estar allí con él, pero no dijo nada y se encogió de hombros. ¾ Creo que te has involucrado en algo que te va a traer complicaciones. He visto cómo te miraba tu padre. Te regañará…, y tal vez me regañe a mí también.¾ Lo siento… Por lo que respecta a mí, no te preocupes. Juanín sentía una estima especial por Arcadio, el padre de Valerio, un hombre humilde y bondadoso, con una arraigada conciencia de clase, víctima de una enfermedad pulmonar crónica; que hasta hacía tan sólo unos años había subsistido a duras penas, derramando lágrimas de impotencia al ver a su familia pasar calamidades. Juanín y Arcadio, fueron compañeros de trabajo, lucharon codo a codo en el fondo de la mina, y en la superficie, en asambleas clandestinas: los dos fueron destacados activistas obreros, nombrados y renombrados en los archivos de la Guardia Civil de toda la comarca. Pero no hay mal que cien años dure. Un día apareció por el pueblo don Marcos “el cubanito”, un hermano del padre de Arcadio, al que ni siquiera conocía, que se había enriquecido en Cuba con negocios poco lícitos. Don Marcos: barrigón, con una mirada penetrante e intimidante, y un puro siempre entre los labios, era un granuja sin escrúpulos, capaz de vender su alma al diablo por un centavo. Cuando el dictador Fulgencio Batista fue derrocado por la Revolución Cubana, don Marcos salió de estampida de la isla y fue a refugiarse en el pueblo que lo había visto nacer. Desde entonces, Arcadio y su familia gozaban de una economía boyante, y todas aquellas penalidades formaban ya parte del pasado, de un pasado que, por otro lado, Arcadio no estaba dispuesto a olvidar. ¾ Tu padre es un buen hombre, Valerio. ¿Tú crees que a él no le gustaría estar aquí con nosotros? ¡Pues claro que sí! En este pueblo siempre hubo dos bandos, Valerio; y aunque estemos en el sesenta y dos, los sigue habiendo, los habrá siempre. Tu padre siempre tuvo muy claro de qué lado estaba. Lo que ocurre es que… Esto es su medio de vida, Valerio, entiéndelo. ¾ Sí, lo entiendo, pero no me has contestado a la pregunta. ¿Quiénes eran los otros tres que iban en la camioneta?Juanín calló, quedó como enmudecido. Al poco se le empezaron a hinchar las arterias de las sienes y su rostro cambió de color. Y, cuando Valerio ya había admitido el silencio como respuesta, dijo:¾ Dos murieron ese mismo año en un enfrentamiento armado; el otro…; el otro sigue vendiendo tomates en esa esquina, como si nada hubiera pasado. La sorpresa fue mayúscula. Valerio Vidal no salía de su asombro. Roque, el padre de Pascual ¾su rival en la cucaña y su mejor amigo¾; el tendero, que con aquella sonrisa desmesurada le había despachado la merienda tantas tardes, tenía las manos manchadas de sangre. ¡Qué horror! Valerio pensó que Roque no merecía llevar el nombre del patrón del pueblo. ¾ Mi padre y él se criaron juntos y fueron muy amigos ¾dijo Juanín¾. Pero un día se enfadaron y nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Mi tío dice que todo fue por que mi padre le quitó la novia. Jamás se lo perdonó. El acto ceremonial había llegado a su punto más álgido. La caravana discurría ya en dirección al cementerio, de vuelta por la calle San Roque. Al numeroso cortejo, se fue sumando una cáfila de hipócritas que hicieron de aquel entierro uno de los más concurridos de la historia, a excepción de los entierros mineros que eran siempre masivos: cuando un minero perdía la vida en la mina, su entierro dejaba de tener sentido religioso y se convertía en una manifestación de protesta social.Palmira Requena, la mujer de Roque, abrió las puertas de la tienda de ultramarinos, después de que la última persona del cortejo pusiera el pie fuera de la plaza. Palmira era la primera en cerrar cuando había entierro, y la última en abrir, dada la situación de su negocio: esquina a la plaza. Hasta ese momento, ninguno de los dos había advertido la ausencia de Roque en la plaza, y fue Valerio quien hizo la observación:¾ Roque no ha salido, ¿no? Qué raro…¾ Sí ¾dijo Juanín con absoluta indiferencia.¾ Ahora que recuerdo, esta mañana tampoco estuvo en la tienda «Anda un poco pachucho», recordó Valerio las palabras de Palmira, cuando una clienta preguntó por él. Roque era víctima del castigo de una fuerza ineludible que no admite engaños ni disculpas; de una autoridad interior que actúa de testigo y juez al mismo tiempo, y que su fallo es inapelable: Roque era víctima del verdugo de su conciencia. Poco a poco, la plaza volvió a recuperar el pulso.Pese a una leve cojera congénita, que, aunque trataba de disimular, no pasaba desapercibida, Juanín tenía mucho éxito con las mujeres. No era guapo; tampoco tenía dinero, ni “perdía aceite por la culata”, y, a pesar de carecer de todos estos factores que tanto seducen a las mujeres, Juanín tenía gancho: había en él algo extraordinario, algún atractivo especial que gustaba a las féminas; aunque él no les prestaba demasiada atención, lo justo para satisfacer el instinto, pues, entre el trabajo agotador del Guantánamo, y su hobby, no tenía tiempo para el cultivo del amor.
A pesar de su edad: 36 años, y de su constitución: 1,85 de estatura, y una espalda más ancha que la portería del Molinón, Juanín seguía siendo un niño. Disfrutaba con los juegos más infantiles y tenía reacciones propias de un adolescente «¡Te echo una carrera!», le decía frecuentemente a Valerio de camino a su casa. «¡Maricón el último!», y salía corriendo, obligando a Valerio a competir. Juanín vivía con los tíos, con una prima, cinco años menor que él, también soltera, y con dos vacas lecheras: Esmeralda y Hortensia, que compartían el mismo techo en un establo contiguo a la habitación de los tíos. Es curioso, toda la familia de Juanín tenía un defecto en las extremidades inferiores. El tío, obrero de la colla del puerto, cuando apenas tenía treinta años se jubiló por un dramático accidente laboral: la pluma de una grúa se desplomó y fue a caer encima de él, sesgándole la pierna derecha a la altura de la rodilla. A la tía le tuvieron que amputar un dedo para evitar que se le gangrenara la pierna. Y, la prima; la prima tenía mala pata con los hombres: ninguno la aguantaba más de seis meses. Pero a ella no parecía importarle demasiado, porque el hombre de su vida, el único que llenaba su corazón, el que daba sentido a su ser, era Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico. Cuando Ramón salía por la radio, Araceli lloraba a mares, se tiraba de los pelos, se mordía las uñas y gritaba con un grado de histerismo alarmante. Ramón era su amor platónico, el único hombre capaz de hacerla feliz. La habitación de Araceli estaba repleta de carteles y fotografías del Dúo Dinámico. Y, en el tocador, en un cuadro en el que mota de polvo que caía, mota de polvo que se las veía con Araceli; tenía una foto que Ramón le había dedicado cuando fue a verlos a Barcelona. Si un día, por las ondas, la voz de Ramón hubiera dicho: «Araceli, ya no te quiero», Araceli habría dejado de existir.Para llegar a la casa de Juanín había que caminar durante más de diez minutos por un camino empinado de espesa vegetación; trazado al antojo del curso de un arroyo de caudal generoso, que en los días de lluvia lo hacía prácticamente intransitable. Arriba, en el cerro, rodeada de un bosque de castaños, estaba la casa de Juanín. Su tío no había vuelto a bajar por aquel camino desde el día que se quedó incapacitado, aunque no le importaba demasiado, porque desde allí arriba, vivía la actividad del pueblo como si estuviera participando en ella. Sabía cuánto tiempo faltaba para llenar la bodega de un barco, con un simple arqueo ocular, y acertaba siempre con mucha precisión. Controlaba el tráfico marítimo, y si una semana después, alguno de los barcos no regresaba, sólo podía ser por tres motivos: que había entrado en dique seco a limpiar fondos, por una avería en una caldera, o, porque el Cantábrico se hubiera enfurecido demasiado y no los hubiera dejado transitar por sus aguas. Había otro motivo, pero en el otro…, en el otro no quería ni pensar.
Cuando el tren tocaba el pito tres veces a la altura del campo de fútbol, era por que había ocurrido un accidente en la mina. Todo el pueblo paralizaba su actividad y acudía en tropel al andén de la estación, pidiéndole a Dios que no fuera nada grave. Al tío de Juanín no le hacía falta bajar a la estación para saber la envergadura del accidente: si la gente se reunía en corrillos al abandonar la estación, el accidente había sido grave. Sin embargo, si se dispersaban con normalidad, no revestía mucha importancia. Después, cuando Juanín subía, le confirmaba su pronóstico. Desde que Juanín le había desvelado la identidad de los asesinos de su padre, Valerio perdió la poca fe religiosa que tenía. No podía seguir creyendo en una institución que absuelve a los asesinos. Don Julián y Roque eran dos beatos de comunión diaria, a los que el cura, a sabiendas de su delito, les permitía subir al púlpito y leer un pasaje de la Biblia. Valerio se los imaginó confesando su crimen: «Padre, soy un pecador: he matado a un hombre». Y el cura, después de una ligera reflexión, como si matar fuese un pecado muy común, le daría la absolución a cambio del arrepentimiento y unas oraciones: «Hijo, reza tres padrenuestros y quedarás libre de pecado». Después le obsequiaría con la solemne bendición divina. Valerio no entendía cómo la iglesia ofrecía la salvación espiritual a alguien que ha violado el sexto mandamiento. Pero, además, Valerio había dejado de entrar en la tienda de Roque y se mostraba muy distante con su hijo Pascual, su mejor amigo hasta entonces. Para Juanín, aquella enemistad no pasaba desapercibida, y se sentía responsable de haberla provocado. Un día que Valerio rechazó una invitación de Pascual para ir de pesca en la barca de su padre, Juanín recriminó su actitud. — No está bien lo que estás haciendo, Valerio. ¿Por qué le rehusas? ¿Crees que no me he dado cuenta? Eso no está bien, Valerio. Valerio calló y agachó la cabeza, mientras pasaba con insistencia una bayeta por encima del mostrador. Luego dijo: — Me sorprende que precisamente tú me digas eso. ¡Su padre es un asesino! — ¡Chissstt! Don Marcos está pendiente —dijo Juanín, tratando de serenarlo. Don Marcos estaba jugando una partida de cartas en la zona noble de la cafetería, a una distancia respetable de ellos, pero no se le iba una. Había que tener mucho cuidado con él, porque mientras jugaba podía estar escuchando todas las conversaciones del local, leer el pensamiento de su adversario o clavarle una mirada asesina a algún cliente que no era de su agrado.— ¡A la mierda don Marcos!— ¡Chissstt! —insistió Juanín.— ¿Pasa algo, Valerio? —preguntó don Marcos al advertir la discusión.— No, nada, tío.— ¡Pues venga, a trabajar y a callar la boca!Valerio fue arrastrando la bayeta hasta el extremo del mostrador y, atrincherado en la máquina de café, dijo:— ¡Su padre mató al tuyo! ¿Es que ya no te acuerdas?— Los hijos no son responsables de los delitos que cometen sus padres. Por aquellos días el pueblo vivía inmerso en un clima de tensión. Los mineros estaban indignados porque en Madrid, los sindicatos verticales habían firmado un convenio mísero e insultante sin contar con ellos. Se celebraban reuniones en los chigres, en los portales de las viviendas; siempre con un cierto temor a ser delatados por algún soplón. Las mujeres debatían sobre el problema en los lavaderos públicos y las coladas se hacían interminables. A pesar de que la mina estaba a un puñado de kilómetros, en el pueblo se respiraba carbón, porque todos vivían directa o indirectamente de la mina. Siempre que tenía un rato de ocio, Juanín Dávila acudía al chigre de Santi para no desvincularse del mundo minero. Apostado en el mostrador, con una pinta de vino en la mano, Juanín observaba sin pestañear al grupo de mineros que, entre trago y blasfemia, bajo la nube asfixiante del humo de Celtas y Peninsulares, planteaban soluciones, tomaban decisiones y daban ultimátums drásticos para defender su dignidad. Una noche fría de un recién estrenado abril, que prometía una primavera caliente en el aspecto laboral; de entre la nube de humo salió una voz con resonancia silicótica que pronunció la palabra huelga. Todos se quedaron estáticos, mirándose unos a otros, porque todos conocían sus repercusiones y temían cegarse en una huelga indefinida que podría dañar aún más su quebrada economía. A Juanín, que seguía apostado en el mostrador, le vino a la cabeza una frase de Máximo Gorki que había leído recientemente en algún panfleto que no lograba recordar, pero su memoria, injustamente, se la atribuyó a Marx: — ¡Compañeros! —dijo, incorporándose al grupo—, como dijo Marx: Los que se dejan pisar merecen ser pisados.— ¡Enfrentémonos al patrón! —gritó un hombre de edad avanzada.Un murmullo ininteligible, precedido de una fuerte ovación, ponía de manifiesto la unión de los mineros.Aquella pequeña asamblea no era representativa, y mucho menos decisoria, pero tampoco era un hecho aislado que iba a pasar desapercibido: en todos los chigres y en todos los pozos de las cuencas había asambleas similares. Las movilizaciones fueron en progresivo aumento durante la primera semana de abril, y el día siete, siete obreros son despedidos improcedentemente del pozo Nicolasa. Ese mismo día comienza la huelga.Condensadores, resistencias, diodos, y demás componentes eléctricos, iban a quedar olvidados durante un tiempo en el banco de trabajo, porque Juanín había decidido estar con los suyos —en su bando, como él decía—, prestándoles apoyo moral mientras durara la huelga. Juanín seguía siendo un líder obrero, y los mineros confiaban en él.En los días sucesivos, el conflicto se fue extendiendo paulatinamente a toda la región. Pararon los pozos de la Baltasara, Pico Polio, Barredo; llegando a paralizar prácticamente todas las cuencas mineras asturianas en la segunda quincena de abril. Los representantes de los pozos en huelga se reúnen en Mieres y nombran una comisión para entrevistarse con las autoridades y negociar el fin de la huelga.En el Guantánamo, la oligarquía del pueblo; los caciques reaccionarios que no estaban dispuestos a que el mecanismo de la explotación se detuviera ni un solo instante, y mucho menos a aceptar una conquista de la clase obrera, habían instalado allí su cuartel general, comandados por don Marcos, el cubanito. A Juanín se le revolvían las tripas cada vez que tenía que servirles una consumición, pero aprovechaba ese momento para captar información de aquellas tertulias donde se estaba fraguando una represión salvaje, brutal.Lo primero que propuso el fascista redomado de don Marcos, fue que ningún comerciante fiara a los mineros, mientras estos persistieran en su actitud. «Si tienen hambre que vayan a pacer al prado», dijo el muy cabrito, con la prepotencia que le caracterizaba. Juanín había tenido que soportar numerosas vejaciones por parte de don Marcos, y ya estaba acostumbrado a este tipo de despotismos, como el día que dijo: «Ahí viene el tren de la escoria», refiriéndose al tren que transportaba a los mineros.
Desde que comenzó el conflicto, Valerio Vidal, con el pretexto de que tenía que ayudar a Juanín a montar dos radios para un encargo urgente, se quedaba a dormir en la casa de éste. Pero la realidad era otra muy distinta: Valerio y Juanín se quedaban todas las noches, hasta bien entrada la madrugada, a escuchar Radio París, para enterarse de cómo marchaban las cosas, pues la prensa y la radio estatal mantenían un mutismo absoluto respecto al tema. Hasta el día que descubrió una carta dirigida al camarada Rubén, que venía oculta entre el material eléctrico que Juanín recibía semanalmente de Oviedo, Valerio creía que los comunistas eran tipos raros, con cuernos y rabo. Cuando supo que detrás de aquel nombre bíblico se escondía su amigo Juanín, se alegró de estar equivocado. Juanín se dejó llevar por el impulso y le arrebató violentamente la carta de las manos, aunque después le pidió disculpas.— Lo siento, Valerio. Es que… Verás, esto es algo muy delicado.— No soy ningún chivato —dijo Valerio con cierta aflicción—. Puedes confiar en mí —añadió.Juanín tenía motivos suficientes para confiar en Valerio, y así lo hizo. Y Valerio pasó a ejercer una complicidad de la que se sentía orgulloso. La mañana del 17 de abril, la estación del tren y la calle San Roque, aparen sembradas de octavillas del Partido Comunista llamando a la huelga general. La Guardia Civil limpia las zonas con el mismo celo que si se tratara de un material radiactivo.En el Guantánamo, la noticia cae como un jarro de agua fría «Ya decía yo que todo esto estaba promovido por los agitadores comunistas. ¡Serán cabrones! Hay que actuar en seguida», dijo don Marcos, presumiendo de conocer bien el problema. Las autoridades han rechazado la negociación propuesta por la comisión de Mieres, y a partir de ahora la huelga se va a recrudecer. Varias empresas metalúrgicas de Gijón, Mieres y La Felguera, se suman a la huelga en solidaridad con los mineros. Y a finales de abril el paro se generaliza en toda Asturias.Valerio y Juanín vibran de emoción al escuchar en Radio París que los mineros de Linares y Peñarroya se solidarizan con los asturianos. Este es sólo el comienzo de un largo rosario de empresas que van a llevar al país a una huelga general. A comienzos del mes de mayo la huelga se extiende por todos los sectores industriales y mineros del país. El gobierno demuestra su impotencia para resolver el conflicto, decretando el Estado de Excepción en las provincias de Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. «La unión hace la fuerza», rezaba en una pintada recién descubierta por don Marcos, en la puerta del retrete del Guantánamo.— ¡Cómo lo coja le corto los huevos! Arcadio, pregúntale a ése a ver si sabe algo de esto… No es trigo limpio —dijo, refiriéndose a Juanín. Muy a su pesar, Juanín cogió un estropajo y frotó la puerta con energía hasta hacer desaparecer aquella inscripción que tanto molestaba a don Marcos.Esa misma tarde, mientras el comité del Guantánamo preparaba la estrategia ofensiva contra los mineros, un tornillo de un raíl del tren impactó de manera extraña en la luna de la cafetería, haciéndola añicos. El susto de los allí congregados fue mayúsculo, y alguno hizo la caca suelta durante unos días. El pueblo estaba unido, y a pesar del boicot que padecían por parte de los comerciantes que controlaba don Marcos, los mineros subsistían sin demasiadas penurias. Hubo quien no cedió a la presión de don Marcos, a pesar de haber sido requerido en varias ocasiones. Roque fue uno de ellos. Bastantes fantasmas tenía ya en su conciencia. «El Gobierno sigue haciendo oídos sordos al problema de los mineros asturianos —dijo el locutor de Radio París—. Ayer, cuando se cumplía un mes del inicio de la huelga, mil quinientos estudiantes se manifestaron en la Moncloa con una pancarta que decía: “Trabajo, comida, minero, sí”. Pero el Gobierno desoyó la voz del pueblo y mandó a la policía cargar contra los manifestantes. Varios estudiantes han sido detenidos y trasladados a la Dirección General de Seguridad. También en los pueblos de las cuencas mineras, las fuerzas represivas del Estado están practicando detenciones de mineros, que son conducidos a diferentes cárceles del país. Por otro lado, según fuentes dignas de todo crédito, el Gobierno pretende abortar la huelga llevando esquiroles de otras provincias, lo que agravará aún más el problema», concluyó el locutor.Al escuchar unos pasos que se aproximaban, Juanín apagó rápidamente el receptor de radio y disimuló dándole vueltas al chasis de una radio que estaba montando. Valerio hizo lo mismo con un destornillador que no atinaba a encajar en la cabeza del tornillo. Los pasos cesaron al llegar a la puerta, y durante unos segundos, Valerio y Juanín tuvieron el corazón fuera de su alojamiento.— ¿Todavía estáis ahí? —dijo la tía de Juanín, manteniendo la puerta entreabierta— ¿Por qué no os vais a la cama y dejáis eso para mañana? Lo que de noche se hace, de día se ve. El día 15 de mayo los mineros se reúnen con el ministro José Solís y le presentan su plataforma reivindicativa: salario mínimo de 157 pesetas, aumento de la prima por cada tonelada de carbón, negociación de los convenios por auténtica representación obrera, libertad de todos los detenidos, que no haya represalias.Esa misma mañana, Juanín se despertó entumecido en un lugar frío y húmedo, con un penetrante olor a moho. Estaba seguro de haber estado allí en otra ocasión, pero no recordaba nada más. Las secuencias de lo vivido en las últimas horas, pasaban por su cabeza a una velocidad supersónica que no era capaz de asimilar, qué era lo que le había llevado hasta allí. De repente todo el habitáculo empezó a vibrar, y Juanín identificó un ruido muy familiar: el ruido alternativo de las ruedas de las vagonetas de carbón al pasar por las traviesas de las vías. Fue cuando se dio cuenta de que estaba en el calabozo.Una luz solar, poco generosa, se empezaba a filtrar entre los barrotes de un ventanuco mínimo, de escasa ventilación. Juanín intentó levantarse del camastro apestoso donde lo había tirado, pero no tuvo fuerzas y cayó de plomo. Sintió que se ahogaba e instintivamente se incorporó y arrojó un espontáneo vómito de sangre. Lo habían molido a palos: tenía todo el cuerpo magullado y amoratado, como si le hubiera pasado una apisonadora por encima. Juanín lloraba para dentro, como lloran los hombres.Unas punzadas en los genitales le hicieron recobrar la memoria «¡Cerdo comunista, esto no es Cuba! ¡Aquí mandamos nosotros! —recordaba Juanín las palabras impregnadas de hiel que salían por la boca de don Marcos— ¡Vamos a limpiar España de porquería! ¡Te vamos a matar, rojo de mierda!»Mientras esperaba sin aliento la llegada de un médico, que nada pudo hacer por él, Juanín, aún tuvo fuerzas para escribir en la pared con su propia sangre estos versos: Minero, pa qué trabajas,si para ti no es el fruto;para el inglés la ventaja, para tu familia el lutoy para ti la mortaja.Al recibir la noticia, Valerio pensó muchas cosas en pocos segundos, mientras su paladar digería con amargura el sabor salado de las lágrimas. Pensó en la cucaña, en las setas, en los pulpos, y en un secreto muy guardado que jamás desvelaría, aunque ya no tenía importancia. Valerio tomó conciencia de que había perdido a su mejor amigo.
Esa tarde, mientras las campanas de la iglesia tocaban a muerto, en la zona noble del Guantánamo, bajo un silencio poco corriente, la oligarquía del pueblo jugaba a la brisca con unos naipes manchados de sangre. Esa tarde don Marcos no fumaba el puro de rigor: le ardía el estómago.
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