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Relatos y Artículos de Opinión

     
C
omo dos enormes estrellas en una noche nublada, los faros del mejor coche de la comarca avanzaban lentamente por la calle San Roque. Hacía más de dos semanas que nadie sabía distinguir el día de la noche; era como si el Rey de las Estrellas se hubiera entretenido en su gira alrededor de la tierra y se hubiera olvidado de alumbrar a aquel humilde pueblo proletario. El reloj de la iglesia, con una resonancia lánguida, dio las cinco de la tarde: hora taurina… y fúnebre. Si aquella tarde hubiera que reflejarla en un lienzo, tendría un color gris, con fondo negro. Era una tarde propia para la depresión del ánimo.            El coche circulaba a un ralentí flemático hacia la Plaza de España, donde, después de un giro de trescientos sesenta grados alrededor de la estatua del Generalísimo, volvería a tomar la calle San Roque, camino del campo santo; un absurdo rito tradicional que se venía repitiendo desde tiempos inmemorables. Aún quedaba tiempo para su llegada, pero los establecimientos comerciales de la Plaza de España, comenzaron a cerrar sus puertas y toda la gente salió a la calle a esperar el paso del finado.            Juanín Dávila no salió; tampoco lo hizo Valerio Vidal, el hijo del dueño del Café Guantánamo, a pesar de la mirada recriminatoria de su padre. Para Valerio, Juanín era un líder, un maestro, un ejemplo a seguir. Valerio tenía sólo dieciséis años, veinte menos que Juanín, pero éste lo trataba como si fuese de su misma edad, y eso a él le llegaba al alma. Le ayudó a cerrar las persianas de acordeón y los dos se quedaron tras los cristales del establecimiento. ¾ En ese escaparate de ahí ¾dijo Juanín, apuntando hacia la sastrería¾, tuvieron a mi padre expuesto hasta que el hedor se hizo tan repelente, que ni las moscas pudieron soportarlo. Les costó trabajo pillarlo… No era presa fácil. Por la mañana se escucharon tiros en el monte, y todo el mundo temía ya lo peor. Cuando la noche empezó a caer, llegó una camioneta tocando el claxon insistentemente, y entonces se confirmaron las sospechas. Se detuvo ahí, justo donde está la parada de taxis, y los cuatro verdugos que iban en la cabina se bajaron con un aire triunfalista, cogieron a mi padre, como si se tratara del trofeo de una jornada de montería y lo dejaron en el asfalto. Luego fueron al chigreí de Santi y lo celebraron con una botella de sidra. Una hora después, cuando habían retirado los telares del escaparate de la sastrería, lo llevaron a rastras hasta allí. ¿Sabes cómo arrastra Tino a los cochinos en el matadero…?Valerio asintió con la cabeza. ¾ Pues así llevaron a mi padre hasta el escaparate de la sastrería. Le metieron un gancho por el cuello de la chaqueta y lo llevaron arrastras hasta allí como si fuera un cochino. Eso fue en octubre del treinta y siete. Yo tenía tan sólo once años, pero esa imagen quedó incrustada en mis retinas y grabada en mi memoria.¾ ¡Qué cabrones! ¾dijo Valerio con una rabia indómita.¾ … La gente le apreciaba, ¿sabes? Si no llega a ser por él, los Nacionales hubieran hecho una masacre en el pueblo.             Todo el pueblo conocía el trágico final de Juanjo Dávila, el artificiero republicano que voló la vía férrea, quince kilómetros arriba, impidiendo el avance de los Nacionales. Ancianos, mujeres y niños, pudieron salvar sus vidas, huyendo en barco hacia las costas de Francia. Juanjo Dávila se quedó a defender lo indefendible y tuvo que huir al monte, donde formó una brigada guerrillera. Su mujer, que se negó rotundamente a abandonar la casa, fue descubierta unos meses después junto a Juanín, en un doble fondo del establo. Juanín fue devuelto a un hermano de la madre que se encargó de cuidarlo. A la madre la montaron en un camión con otras mujeres, rumbo a la cárcel de Santoña, donde nunca llegó.  Con sumo cuidado, un rezagado bajó la persiana corredera de su establecimiento, pero el inevitable ruido metálico lo delató. Y todos miraron hacia el boticario censurando su retraso. En ese instante el coche fúnebre comenzaba a entrar en la Plaza de España; detrás de él, un rosario de almas afligidas manifestaba el dolor involuntariamente en forma de llanto. La pérdida de un ser querido duele más que la propia muerte.            Juanín Dávila llenó el pecho de aire, cerró los ojos y contuvo la ira.                        Un silencio tétrico se había impuesto en la plaza, alterado únicamente por la rodadura del coche fúnebre y el ininteligible rumor plañido del cortejo. En el puerto, los obreros de la collaí continuaban su actividad laboral, descargando las vagonetas de carbón, ajenos a la desaparición de uno de sus conciudadanos.             Al ver las coronas, Juanín recordó en voz alta el entierro de su padre: «Mi padre no tuvo ceremonia. Ni siquiera tuvo caja. Lo echaron en la misma camioneta donde lo habían traído y lo llevaron directamente al cementerio. Lo metieron en una fosa común y lo cubrieron con cien paladas de odio».            ¾ ¿Entonces, no fue nadie a su entierro? ¾preguntó extrañado Valerio.            ¾ Nadie, Valerio, nadie… Después de lo que le hicieron a su hermana ¾mi tía Amparo¾, nadie se atrevió a ir al cementerio hasta unos meses después.            ¾ ¿Qué le hicieron?            ¾… Mientras estuvo expuesto en el escaparate, todo el pueblo pasó delante de él, pero nadie se atrevía a detenerse, y mucho menos a mostrar un signo de dolor o compasión, a pesar de su aspecto ¾Estaba cosido a balazos. Tenía más agujeros que un colador¾. Los Regulares vigilaban apostados en la pared de la estación, todos y cada uno de los gestos de los que por allí pasaban. Mi tía Amparo no lo pudo evitar. Se detuvo frente a él, dejó caer un ramo de claveles y lloró todo lo que le dejaron, porque al poco, los Regulares la despegaron del escaparate como a una lapa y se la llevaron… Le arrancaron los pezones con unos alicates y le cortaron el pelo al cero. Era la primera vez que Juanín hablaba de la trágica muerte de su padre y de la dramática tortura de su tía. Habían pasado veinticinco años, pero Juanín sentía el mismo dolor y el mismo odio de entonces. Hay cosas que el tiempo no puede borrar. Valerio, que sólo conocía la historia a grandes rasgos, interpretó aquello como un secreto, como algo confidencial que jamás desvelaría, porque Valerio era muy hermético respecto a eso.  ¾ Ese que va ahí adentro ¾dijo Juanín al paso del coche fúnebre frente al Guantánamo¾, era uno de los asesinos de mi padre.¾ ¿Don Julián? ¾dijo Valerio con cierto escepticismo.¾ Don… Julián ¾contestó Juanín, como si el don se le hubiera quedado atorado en las cuerdas vocales.

¾ ¡Es increíble! Nunca pensé que don Julián fuese capaz de una cosa así. Sabía que era un tirano, que incluso, le daba mala vida a su propia familia, pero de eso no lo creía capaz.

¾ Don Julián ¾dijo Juanín, admitiendo el don como un postizo¾, no sólo fue capaz de asesinar a mi padre, sino que, además, dirigía los paseos nocturnos y se encargaba de dar el tiro de gracia.¾ ¡Qué cabrón! ¡Qué falso! Juanín trabajaba de camarero en el Café Guantánamo, en turnos de mañana y tarde, excepto los fines de semana que tenía horario indefinido. En el desempeño de su trabajo, era paciente, atento; servía al joven de una manera jocosa y gentil, al anciano con un trato esmerado; y al contrario de sus compañeros, no distinguía al rico del pobre por el volumen de su cartera, sino por otros valores menos materialistas. De todas formas, para él todos los clientes merecían el mismo trato, porque Juanín era un profesional, el mejor camarero del pueblo. Pero, además, Juanín tenía otra profesión: era radiotécnico. No había una sola casa en el pueblo que no tuviera una radio hecha por Juanín. Aunque este pluriempleo le reportaba una sustanciosa cantidad de dinero; tanto como lo que ganaba en el Guantánamo, más que una profesión, aquello era un hobby para él. «Hombre de muchos oficios, poco beneficio», le decía su tía cuando lo veía sentado frente al banco de trabajo, desordenado hasta lo indecible. Juanín era constante e infatigable en su trabajo, pero muy desordenado. El silencio se rompió en el momento más inoportuno, justo cuando el coche giraba en torno a la estatua del Generalísimo. El viento empezó a soplar de la mar en dirección al pueblo ¾viento de fuera, que dicen los marineros¾, debido a que la marea estaba cambiando su ciclo. Los sonidos de la actividad portuaria se hicieron más agudos, incluso se escuchaba el traqueteo de las cazoletas de una draga que estaba operando en la boca de la barra, a una distancia considerable del pueblo. «Tus empleados no te olvidan», rezaba en una de las numerosas coronas que encabezaban el cortejo. Y no era para menos, después de los sueldos míseros que pagaba. Don Julián era dueño de unos talleres navales, de un astillero de rivera; y de un almacén de efectos navales que surtía a todos los buques que arribaban al puerto.  Con la mirada perdida en algún lugar impreciso del horizonte, Juanín se dejaba llevar por el triste recuerdo de la muerte de su padre. ¾ ¡Cuánta gente! Parece el entierro de un minero. ¾dijo Valerio, con la intención de quebrar el silencio.Juanín viajaba distraído en un banco del tren del recuerdo y no prestó atención al comentario.Valerio probó con una pregunta más directa: ¾ ¿Quiénes eran los otros tres que iban en la camioneta? ¾dijo, esperando obtener más fortuna en la respuesta.¾ ¿Qué?¾ Los que mataron a tu padre ¿Viven todavía? Juanín esquivó la pregunta.¾ Tú no deberías de estar aquí. A ti, esto ni te va ni te viene. ¿Por qué te has quedado conmigo?Juanín le había enseñado a nadar, a montar en bicicleta; a diferenciar las setas comestibles de las venenosas, además del nombre científico de más de treinta especies. También le enseñó a pescar pulpos, a ordeñar las vacas; a andar por la cucaña como un acróbata por el alambre, y a entender la electrónica, que cada día le apasionaba más. A Valerio le sobraban motivos para estar allí con él, pero no dijo nada y se encogió de hombros. ¾ Creo que te has involucrado en algo que te va a traer complicaciones. He visto cómo te miraba tu padre. Te regañará…, y tal vez me regañe a mí también.¾ Lo siento… Por lo que respecta a mí, no te preocupes. Juanín sentía una estima especial por Arcadio, el padre de Valerio, un hombre humilde y bondadoso, con una arraigada conciencia de clase, víctima de una enfermedad pulmonar crónica; que hasta hacía tan sólo unos años había subsistido a duras penas, derramando lágrimas de impotencia al ver a su familia pasar calamidades. Juanín y Arcadio, fueron compañeros de trabajo, lucharon codo a codo en el fondo de la mina, y en la superficie, en asambleas clandestinas: los dos fueron destacados activistas obreros, nombrados y renombrados en los archivos de la Guardia Civil de toda la comarca. Pero no hay mal que cien años dure. Un día apareció por el pueblo don Marcos “el cubanito”, un hermano del padre de Arcadio, al que ni siquiera conocía, que se había enriquecido en Cuba con negocios poco lícitos. Don Marcos: barrigón, con una mirada penetrante e  intimidante, y un puro siempre entre los labios, era un granuja sin escrúpulos, capaz de vender su alma al diablo por un centavo. Cuando el dictador Fulgencio Batista fue derrocado por la Revolución Cubana, don Marcos salió de estampida de la isla y fue a refugiarse en el pueblo que lo había visto nacer. Desde entonces, Arcadio y su familia gozaban de una economía boyante, y todas aquellas penalidades formaban ya parte del pasado, de un pasado que, por otro lado, Arcadio no estaba dispuesto a olvidar.  ¾ Tu padre es un buen hombre, Valerio. ¿Tú crees que a él no le gustaría estar aquí con nosotros? ¡Pues claro que sí! En este pueblo siempre hubo dos bandos, Valerio; y aunque estemos en el sesenta y dos, los sigue habiendo, los habrá siempre. Tu padre siempre tuvo muy claro de qué lado estaba. Lo que ocurre es que… Esto es su medio de vida, Valerio, entiéndelo. ¾ Sí, lo entiendo, pero no me has contestado a la pregunta. ¿Quiénes eran los otros tres que iban en la camioneta?Juanín calló, quedó como enmudecido. Al poco se le empezaron a hinchar las arterias de las sienes y su rostro cambió de color. Y, cuando Valerio ya había admitido el silencio como respuesta, dijo:¾ Dos murieron ese mismo año en un enfrentamiento armado; el otro…; el otro sigue vendiendo tomates en esa esquina, como si nada hubiera pasado. La sorpresa fue mayúscula. Valerio Vidal no salía de su asombro. Roque, el padre de Pascual ¾su rival en la cucaña y su mejor amigo¾; el tendero, que con aquella sonrisa desmesurada le había despachado la merienda tantas tardes, tenía las manos manchadas de sangre. ¡Qué horror! Valerio pensó que Roque no merecía llevar el nombre del patrón del pueblo.  ¾ Mi padre y él se criaron juntos y fueron muy amigos ¾dijo Juanín¾. Pero un día se enfadaron y nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Mi tío dice que todo fue por que mi padre le quitó la novia. Jamás se lo perdonó. El acto ceremonial había llegado a su punto más álgido. La caravana discurría ya en dirección al cementerio, de vuelta por la calle San Roque. Al numeroso cortejo, se fue sumando una cáfila de hipócritas que hicieron de aquel entierro uno de los más concurridos de la historia, a excepción de los entierros mineros que eran siempre masivos: cuando un minero perdía la vida en la mina, su entierro dejaba de tener sentido religioso y se convertía en una manifestación de protesta social.Palmira Requena, la mujer de Roque, abrió las puertas de la tienda de ultramarinos, después de que la última persona del cortejo pusiera el pie fuera de la plaza. Palmira era la primera en cerrar cuando había entierro, y la última en abrir, dada la situación de su negocio: esquina a la plaza. Hasta ese momento, ninguno de los dos había advertido la ausencia de Roque en la plaza, y fue Valerio quien hizo la observación:¾ Roque no ha salido, ¿no? Qué raro…¾¾dijo Juanín con absoluta indiferencia.¾ Ahora que recuerdo, esta mañana tampoco estuvo en la tienda «Anda un poco pachucho», recordó Valerio las palabras de Palmira, cuando una clienta preguntó por él. Roque era víctima del castigo de una fuerza ineludible que no admite engaños ni disculpas; de una autoridad interior que actúa de testigo y juez al mismo tiempo, y que su fallo es inapelable: Roque era víctima del verdugo de su conciencia. Poco a poco, la plaza volvió a recuperar el pulso.  

Pese a una leve cojera congénita, que, aunque trataba de disimular, no pasaba desapercibida, Juanín tenía mucho éxito con las mujeres. No era guapo; tampoco tenía dinero, ni “perdía aceite por la culata”, y, a pesar de carecer de todos estos factores que tanto seducen a las mujeres, Juanín tenía gancho: había en él algo extraordinario, algún atractivo especial que gustaba a las féminas; aunque él no les prestaba demasiada atención, lo justo para satisfacer el instinto, pues, entre el trabajo agotador del Guantánamo, y su hobby, no tenía tiempo para el cultivo del amor.

A pesar de su edad: 36 años, y de su constitución: 1,85 de estatura, y una espalda más ancha que la portería del Molinón, Juanín seguía siendo un niño. Disfrutaba con los juegos más infantiles y tenía reacciones propias de un adolescente «¡Te echo una carrera!», le decía frecuentemente a Valerio de camino a su casa. «¡Maricón el último!», y salía corriendo, obligando a Valerio a competir. Juanín vivía con los tíos, con una prima, cinco años menor que él, también soltera, y con dos vacas lecheras: Esmeralda y Hortensia, que compartían el mismo techo en un establo contiguo a la habitación de los tíos. Es curioso, toda la familia de Juanín tenía un defecto en las extremidades inferiores. El tío, obrero de la colla del puerto, cuando apenas tenía treinta años se jubiló por un dramático accidente laboral: la pluma de una grúa se desplomó y fue a caer encima de él, sesgándole la pierna derecha a la altura de la rodilla. A la tía le tuvieron que amputar un dedo para evitar que se le gangrenara la pierna. Y, la prima; la prima tenía mala pata con los hombres: ninguno la aguantaba más de seis meses. Pero a ella no parecía importarle demasiado, porque el hombre de su vida, el único que llenaba su corazón, el que daba sentido a su ser, era Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico. Cuando Ramón salía por la radio, Araceli lloraba a mares, se tiraba de los pelos, se mordía las uñas y gritaba con un grado de histerismo alarmante. Ramón era su amor platónico, el único hombre capaz de hacerla feliz.            La habitación de Araceli estaba repleta de carteles y fotografías del Dúo Dinámico. Y, en el tocador, en un cuadro en el que mota de polvo que caía, mota de polvo que se las veía con Araceli; tenía una foto que Ramón le había dedicado cuando fue a verlos a Barcelona. Si un día, por las ondas, la voz de Ramón hubiera dicho: «Araceli, ya no te quiero», Araceli habría dejado de existir. 

            Para llegar a la casa de Juanín había que caminar durante más de diez minutos por un camino empinado de espesa vegetación; trazado al antojo del curso de un arroyo de caudal generoso, que en los días de lluvia lo hacía prácticamente intransitable. Arriba, en el cerro, rodeada de un bosque de castaños, estaba la casa de Juanín. Su tío no había vuelto a bajar por aquel camino desde el día que se quedó incapacitado, aunque no le importaba demasiado, porque desde allí arriba, vivía la actividad del pueblo como si estuviera participando en ella. Sabía cuánto tiempo faltaba para llenar la bodega de un barco, con un simple arqueo ocular, y acertaba siempre con mucha precisión. Controlaba el tráfico marítimo, y si una semana después, alguno de los barcos no regresaba, sólo podía ser por tres motivos: que había entrado en dique seco a limpiar fondos, por una avería en una caldera, o, porque el Cantábrico se hubiera enfurecido demasiado y no los hubiera dejado transitar por sus aguas. Había otro motivo, pero en el otro…, en el otro no quería ni pensar.

 Cuando el tren tocaba el pito tres veces a la altura del campo de fútbol, era por que había ocurrido un accidente en la mina. Todo el pueblo paralizaba su actividad y acudía en tropel al andén de la estación, pidiéndole a Dios que no fuera nada grave. Al tío de Juanín no le hacía falta bajar a la estación para saber la envergadura del accidente: si la gente se reunía en corrillos al abandonar la estación, el accidente había sido grave. Sin embargo, si se dispersaban con normalidad, no revestía mucha importancia. Después, cuando Juanín subía, le confirmaba su pronóstico.  Desde que Juanín le había desvelado la identidad de los asesinos de su padre, Valerio perdió la poca fe religiosa que tenía. No podía seguir creyendo en una institución que absuelve a los asesinos. Don Julián y Roque eran dos beatos de comunión diaria, a los que el cura, a sabiendas de su delito, les permitía subir al púlpito y leer un pasaje de la Biblia. Valerio se los imaginó confesando su crimen: «Padre, soy un pecador: he matado a un hombre». Y el cura, después de una ligera reflexión, como si matar fuese un pecado muy común, le daría la absolución a cambio del arrepentimiento y unas oraciones: «Hijo, reza tres padrenuestros y quedarás libre de pecado». Después le obsequiaría con la solemne bendición divina. Valerio no entendía cómo la iglesia ofrecía la salvación espiritual a alguien que ha violado el sexto mandamiento.             Pero, además, Valerio había dejado de entrar en la tienda de Roque y se mostraba muy distante con su hijo Pascual, su mejor amigo hasta entonces. Para Juanín, aquella enemistad no pasaba desapercibida, y se sentía responsable de haberla provocado. Un día que Valerio rechazó una invitación de Pascual para ir de pesca en la barca de su padre, Juanín recriminó su actitud.            — No está bien lo que estás haciendo, Valerio. ¿Por qué le rehusas? ¿Crees que no me he dado cuenta? Eso no está bien, Valerio.            Valerio calló y agachó la cabeza, mientras pasaba con insistencia una bayeta por encima del mostrador. Luego dijo:            — Me sorprende que precisamente tú me digas eso. ¡Su padre es un asesino!            — ¡Chissstt! Don Marcos está pendiente —dijo Juanín, tratando de serenarlo.            Don Marcos estaba jugando una partida de cartas en la zona noble de la cafetería, a una distancia respetable de ellos, pero no se le iba una. Había que tener mucho cuidado con él, porque mientras jugaba podía estar escuchando todas las conversaciones del local, leer el pensamiento de su adversario o clavarle una mirada asesina a algún cliente que no era de su agrado.    ¡A la mierda don Marcos!    ¡Chissstt!  —insistió Juanín.    ¿Pasa algo, Valerio? —preguntó don Marcos al advertir la discusión.    No, nada, tío.    ¡Pues venga, a trabajar y a callar la boca!Valerio fue arrastrando la bayeta hasta el extremo del mostrador y, atrincherado en la máquina de café, dijo:    ¡Su padre mató al tuyo! ¿Es que ya no te acuerdas?— Los hijos no son responsables de los delitos que cometen sus padres.              Por aquellos días el pueblo vivía inmerso en un clima de tensión. Los mineros estaban indignados porque en Madrid, los sindicatos verticales habían firmado un convenio mísero e insultante sin contar con ellos. Se celebraban reuniones en los chigres, en los portales de las viviendas; siempre con un cierto temor a ser delatados por algún soplón. Las mujeres debatían sobre el problema en los lavaderos públicos y las coladas se hacían interminables. A pesar de que la mina estaba a un puñado de kilómetros, en el pueblo se respiraba carbón, porque todos vivían directa o indirectamente de la mina.            Siempre que tenía un rato de ocio, Juanín Dávila acudía al chigre de Santi para no desvincularse del mundo minero. Apostado en el mostrador, con una pinta de vino en la mano, Juanín observaba sin pestañear al grupo de mineros que, entre trago y blasfemia, bajo la nube asfixiante del humo de Celtas y Peninsulares, planteaban soluciones, tomaban decisiones y daban ultimátums drásticos para defender su dignidad.            Una noche fría de un recién estrenado abril, que prometía una primavera caliente en el aspecto laboral; de entre la nube de humo salió una voz con resonancia silicótica que pronunció la palabra huelga. Todos se quedaron estáticos, mirándose unos a otros, porque todos conocían sus repercusiones y temían cegarse en una huelga indefinida que podría dañar aún más su quebrada economía.            A Juanín, que seguía apostado en el mostrador, le vino a la cabeza una frase de Máximo Gorki que había leído recientemente en algún panfleto que no lograba recordar, pero su memoria, injustamente, se la atribuyó a Marx:            — ¡Compañeros! —dijo, incorporándose al grupo—, como dijo Marx: Los que se dejan pisar merecen ser pisados.    ¡Enfrentémonos al patrón! —gritó un hombre de edad avanzada.Un murmullo ininteligible, precedido de una fuerte ovación, ponía de manifiesto la unión de los mineros.Aquella pequeña asamblea no era representativa, y mucho menos decisoria, pero tampoco era un hecho aislado que iba a pasar desapercibido: en todos los chigres y en todos los pozos de las cuencas había asambleas similares. Las movilizaciones fueron en progresivo aumento durante la primera semana de abril, y el día siete, siete obreros son despedidos improcedentemente del pozo Nicolasa. Ese mismo día comienza la huelga.Condensadores, resistencias, diodos, y demás componentes eléctricos, iban a quedar olvidados durante un tiempo en el banco de trabajo, porque Juanín había decidido estar con los suyos —en su bando, como él decía—, prestándoles apoyo moral mientras durara la huelga. Juanín seguía siendo un líder obrero, y los mineros confiaban en él.En los días sucesivos, el conflicto se fue extendiendo paulatinamente a toda la región. Pararon los pozos de la Baltasara, Pico Polio, Barredo; llegando a paralizar  prácticamente todas las cuencas mineras asturianas en la segunda quincena de abril. Los representantes de los pozos en huelga se reúnen en Mieres y nombran una comisión para entrevistarse con las autoridades y negociar el fin de la huelga.En el Guantánamo, la oligarquía del pueblo; los caciques reaccionarios que no estaban dispuestos a que el mecanismo de la explotación se detuviera ni un solo instante, y mucho menos a aceptar una conquista de la clase obrera, habían instalado allí su cuartel general, comandados por don Marcos, el cubanito. A Juanín se le revolvían las tripas cada vez que tenía que servirles una consumición, pero aprovechaba ese momento para captar información de aquellas tertulias donde se estaba fraguando una represión salvaje, brutal.

Lo primero que propuso el fascista redomado de don Marcos, fue que ningún comerciante fiara a los mineros, mientras estos persistieran en su actitud. «Si tienen hambre que vayan a pacer al prado», dijo el muy cabrito, con la prepotencia que le caracterizaba. Juanín había tenido que soportar numerosas vejaciones por parte de don Marcos, y ya estaba acostumbrado a este tipo de despotismos, como el día que dijo: «Ahí viene el tren de la escoria», refiriéndose al tren que transportaba a los mineros.

 Desde que comenzó el conflicto, Valerio Vidal, con el pretexto de que tenía que ayudar a Juanín a montar dos radios para un encargo urgente, se quedaba a dormir en la casa de éste. Pero la realidad era otra muy distinta: Valerio y Juanín se quedaban todas las noches, hasta bien entrada la madrugada, a escuchar Radio París, para enterarse de cómo marchaban las cosas, pues la prensa y la radio estatal mantenían un mutismo absoluto respecto al tema. Hasta el día que descubrió una carta dirigida al camarada Rubén, que venía oculta entre el material eléctrico que Juanín recibía semanalmente de Oviedo, Valerio creía que los comunistas eran tipos raros, con cuernos y rabo. Cuando supo que detrás de aquel nombre bíblico se escondía su amigo Juanín, se alegró de estar equivocado. Juanín se dejó llevar por el impulso y le arrebató violentamente la carta de las manos, aunque después le pidió disculpas.    Lo siento, Valerio. Es que… Verás, esto es algo muy delicado.— No soy ningún chivato —dijo Valerio con cierta aflicción—. Puedes confiar en mí —añadió.Juanín tenía motivos suficientes para confiar en Valerio, y así lo hizo. Y Valerio pasó a ejercer una complicidad de la que se sentía orgulloso. La mañana del 17 de abril, la estación del tren y la calle San Roque, aparen sembradas de octavillas del Partido Comunista llamando a la huelga general. La Guardia Civil limpia las zonas con el mismo celo que si se tratara de un material radiactivo.En el Guantánamo, la noticia cae como un jarro de agua fría «Ya decía yo que todo esto estaba promovido por los agitadores comunistas. ¡Serán cabrones! Hay que actuar en seguida», dijo don Marcos, presumiendo de conocer bien el problema. Las autoridades han rechazado la negociación propuesta por la comisión de Mieres, y a partir de ahora la huelga se va a recrudecer. Varias empresas metalúrgicas de Gijón, Mieres y La Felguera, se suman a la huelga en solidaridad con los mineros. Y a finales de abril el paro se generaliza en toda Asturias.Valerio y Juanín vibran de emoción al escuchar en Radio París que los mineros de Linares y Peñarroya se solidarizan con los asturianos. Este es sólo el comienzo de un largo rosario de empresas que van a llevar al país a una huelga general. A comienzos del mes de mayo la huelga se extiende por todos los sectores industriales y mineros del país. El gobierno demuestra su impotencia para resolver el conflicto, decretando el Estado de Excepción en las provincias de Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. «La unión hace la fuerza», rezaba en una pintada recién descubierta por don Marcos, en la puerta del retrete del Guantánamo.— ¡Cómo lo coja le corto los huevos! Arcadio, pregúntale a ése a ver si sabe algo de esto… No es trigo limpio —dijo, refiriéndose a Juanín. Muy a su pesar, Juanín cogió un estropajo y frotó la puerta con energía hasta hacer desaparecer aquella inscripción que tanto molestaba a don Marcos.Esa misma tarde, mientras el comité del Guantánamo preparaba la estrategia ofensiva contra los mineros, un tornillo de un raíl del tren impactó de manera extraña en la luna de la cafetería, haciéndola añicos. El susto de los allí congregados fue mayúsculo, y alguno hizo la caca suelta durante unos días. El pueblo estaba unido, y a pesar del boicot que  padecían por parte de los comerciantes que controlaba don Marcos, los mineros subsistían sin demasiadas penurias. Hubo quien no cedió a la presión de don Marcos, a pesar de haber sido requerido en varias ocasiones. Roque fue uno de ellos. Bastantes fantasmas tenía ya en su conciencia. «El Gobierno sigue haciendo oídos sordos al problema de los mineros asturianos —dijo el locutor de Radio París—. Ayer, cuando se cumplía un mes del inicio de la huelga, mil quinientos estudiantes se manifestaron en la Moncloa con una pancarta que decía: “Trabajo, comida, minero, sí”. Pero el Gobierno desoyó la voz del pueblo y mandó a la policía cargar contra los manifestantes. Varios estudiantes han sido detenidos y trasladados a la Dirección General de Seguridad. También en los pueblos de las cuencas mineras, las fuerzas represivas del Estado están practicando detenciones de mineros, que son conducidos a diferentes cárceles del país. Por otro lado, según fuentes dignas de todo crédito, el Gobierno pretende abortar la huelga llevando esquiroles de otras provincias, lo que agravará aún más el problema», concluyó el locutor.Al escuchar unos pasos que se aproximaban, Juanín apagó rápidamente el receptor de radio y disimuló dándole vueltas al chasis de una radio que estaba montando. Valerio hizo lo mismo con un destornillador que no atinaba a encajar en la cabeza del tornillo. Los pasos cesaron al llegar a la puerta, y durante unos segundos, Valerio y Juanín tuvieron el corazón fuera de su alojamiento.— ¿Todavía estáis ahí? —dijo la tía de Juanín, manteniendo la puerta entreabierta— ¿Por qué no os vais a la cama y dejáis eso para mañana? Lo que de noche se hace, de día se ve. El día 15 de mayo los mineros se reúnen con el ministro José Solís y le presentan su plataforma reivindicativa: salario mínimo de 157 pesetas, aumento de la prima por cada tonelada de carbón, negociación de los convenios por auténtica representación obrera, libertad de todos los detenidos, que no haya represalias.Esa misma mañana, Juanín se despertó entumecido en un lugar frío y húmedo, con un penetrante olor a moho. Estaba seguro de haber estado allí en otra ocasión, pero no recordaba nada más. Las secuencias de lo vivido en las últimas horas, pasaban por su cabeza a una velocidad supersónica que no era capaz de asimilar, qué era lo que le había llevado hasta allí. De repente todo el habitáculo empezó a vibrar, y Juanín identificó un ruido muy familiar: el ruido alternativo de las ruedas de las vagonetas de carbón al pasar por las traviesas de las vías. Fue cuando se dio cuenta de que estaba en el calabozo.Una luz solar, poco generosa, se empezaba a filtrar entre los barrotes de un ventanuco mínimo, de escasa ventilación. Juanín intentó levantarse del camastro apestoso donde lo había tirado, pero no tuvo fuerzas y cayó de plomo. Sintió que se ahogaba e instintivamente se incorporó y arrojó un espontáneo vómito de sangre. Lo habían molido a palos: tenía todo el cuerpo magullado y amoratado, como si le hubiera pasado una apisonadora por encima. Juanín lloraba para dentro, como lloran los hombres.Unas punzadas en los genitales le hicieron recobrar la memoria «¡Cerdo comunista, esto no es Cuba! ¡Aquí mandamos nosotros! —recordaba Juanín las palabras impregnadas de hiel que salían por la boca de don Marcos— ¡Vamos a limpiar España de porquería! ¡Te vamos a matar, rojo de mierda!»Mientras esperaba sin aliento la llegada de un médico, que nada pudo hacer por él, Juanín, aún tuvo fuerzas para escribir en la pared con su propia sangre estos versos: Minero, pa qué trabajas,si para ti no es el fruto;para el inglés la ventaja, para tu familia el lutoy para ti la mortaja. 

Al recibir la noticia, Valerio pensó muchas cosas en pocos segundos, mientras su paladar digería con amargura el sabor salado de las lágrimas. Pensó en la cucaña, en las setas, en los pulpos, y en un secreto muy guardado que jamás desvelaría, aunque ya no tenía importancia. Valerio tomó conciencia de que había perdido a su mejor amigo.

 Esa tarde, mientras las campanas de la iglesia tocaban a muerto, en la zona noble del Guantánamo, bajo un silencio poco corriente, la oligarquía del pueblo jugaba a la brisca con unos naipes manchados de sangre. Esa tarde don Marcos no fumaba el puro de rigor: le ardía el estómago. 

 


í Taberna especializada en sidra

í Cuadrilla de jornaleros portuarios.

La última fiesta

 

LA ÚLTIMA FIESTA

Publicado en la revista literaria “Letrasperdidas”  www.letrasperdidas.galeon.com   

 Nos pasamos durmiendo casi un tercio de nuestra vida, de lo cual muchas veces nos lamentamos, pero no tenemos otra alternativa, pues para descansar es necesario dormir. Dormir es una necesidad fisiológica tan necesaria como comer, o quizá más, por tanto, es imprescindible y fundamental para el desarrollo físico y psíquico de la persona. Nuestro cuerpo, y sobre todo nuestro cerebro, necesita reposo —dijo la voz metálica del locutor, en la introducción al tema de la noche: “El sueño, un fenómeno imprescindible”.

A Hugo le pareció interesante el tema del programa de Onda 33, la emisora que había sintonizado, y pensó que tal vez le pudiera servir de ayuda para remediar el cuadro dramático de insomnio que padecía. Ya estaba harto de remedios naturales, de ansiolíticos, y había decidido dejar aparcado en un cajón de la cómoda, el Transilium, el Aneurol y todas aquellas porquerías que le recetaba el neurólogo para tratar de corregir su enfermedad.

¾ ¿Por qué es necesario dormir? ¾continuó diciendo el locutor¾ Esto es algo que los científicos no tienen muy claro. Unos piensan que mientras se duerme se producen unas sustancias químicas de las que el cuerpo se abastece para el proceso elemental de la vida. Otras, sin embargo, opinan que dormir, simplemente proporciona descanso: la fatiga, el agotamiento, y el desgaste; producto de la intensa actividad a la que el cuerpo se somete durante el día, provoca la necesidad de descansar, y la inactividad muscular, propia del sueño, proporciona este descanso. Lo cierto es que existe una estrecha relación entre el sueño y el equilibrio del organismo. Si una persona duerme bien, al día siguiente se encontrará jovial, dinámica y con buena memoria. Por el contrario, si ha tenido problemas para conciliar el sueño, o alteraciones en el mismo: pesadillas, inquietud o nerviosismo, sus reacciones serán más lentas, se encontrará cansada, malhumorada y menos sociable. Por consiguiente, se puede decir que el sueño tiene una función restauradora de los procesos físico y psíquico.

Hugo empezó a sospechar que todo aquello no era más que puro marketing, una triquiñuela comercial para engatusar al oyente, y perdió el interés por el programa. «Seguro que terminaran ofreciendo una almohada para las cervicales, una pulsera ionizada, o un baño termal en algún balneario que cueste un riñón», pensó.

El estómago le ardía como una caimada en plena ebullición. Abrió el cajón de la mesilla y sacó de él una pastilla digestiva que masticó con cierto asco. Había cenado desmesuradamente, como casi todas las noches: comer, era lo único que hacía con entusiasmo desde que perdió a su mujer y a su hija en un dramático accidente. La depresión le había provocado un estado bulímico, y como consecuencia de ello, un exagerado aumento de peso que estaba poniendo en peligro su mermada salud. Hugo no hacía nada por corregir su debilidad por la comida, además, tenía la mala costumbre de irse a la cama sin apenas digerir la cena.

Aquella noche no fue una excepción. Terminó de cenar, se preparó una tisana bien cargada y se encaminó hacia la cama con la actitud del minero que va hacia el pozo, es decir, con acusada pesadumbre. «Otra noche más…, otra noche más de vigilia», dijo al subir la escalera que conducía al dormitorio.

Atrás había dejado una cocina desordenada hasta lo indecible, una mesa llena de desperdicios, un cenicero atestado de colillas, y un cuarto de baño donde había un cepillo de dientes que echaba de menos el frescor del dentífrico. Hugo se había dejado llevar por el abandono más indeseable. Vivía en una casa amplia, demasiado grande para uno solo. Decidió mudarse allí poco después de la tragedia, porque no podía seguir viviendo en aquel lujoso piso del centro, se ahogaba y necesitaba huir de allí; huir de él mismo y de aquellas gentes que lo odiaban y le miraban con desprecio a su paso. La sociedad es muy permisiva y tolerante para algunas cosas, pero no perdona fallos como el que él cometió Era una vivienda adosada, situada en una zona residencial en las afueras de la ciudad, muy próxima a un campo de golf, habitada por ejecutivos de pelo engominado y señoras de cutis envidiable que paseaban a sus caniches al atardecer.

Hugo escuchaba sin demasiado entusiasmo las reflexiones del locutor de Onda 33, mientras acariciaba suavemente con la yema de los dedos la costura del cobertor.

Ahora, el científico invitado exponía su teoría:

— Los primeros años de nuestra vida los pasamos prácticamente dormidos. Un bebé duerme más de dieciséis horas diarias. A medida que vamos creciendo, van disminuyendo las horas de sueño, hasta llegar a la edad adulta, que quedan establecidas entre siete u ocho horas —Hugo sacudió la cabeza—, aunque esto depende de la naturaleza de cada individuo. Pero lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Una hora de sueño profundo es más efectiva para el reposo, que ocho horas de sueño alterado.

Un corte limpio interrumpió la intervención del científico, para introducir un anuncio publicitario que venía a confirmar las sospechas de Hugo, respecto al fin del programa:

— Si está cansado de contar ovejitas y no es capaz de desconectarse de la escena social, si ha probado con el baño de agua caliente, la tila o la valeriana y no consigue llegar hasta las puertas de la somnolencia, vaya mañana mismo a la farmacia y pida Somnolín

 ¡Somnolín!, de venta exclusiva en farmacias.

 

Al advertir  la intermitencia de la minúscula luz verde del teléfono móvil, Hugo llevó su vista hacia la mesilla y un golpe de angustia invadió todo su ser. Se había prometido que no escucharía más, al menos por ese día, la voz inmortal que su hija Raquel le había dejado en el buzón de voz el mismo día de la tragedia. Trató de convencerse de que eso sólo serviría para empeorar aún más su crítico estado, pero no pudo resistir la tentación y, como atraído por una fuerza magnética, fue hasta el teléfono y pulsó el botón del buzón de voz:

— ¡Hola, papá! Tengo una buena noticia que darte…: ¡He aprobado! ¡Ya soy licenciada en Derecho!…

La emoción no le permitió terminar de escuchar el mensaje «¡Soy un miserable! ¡Soy un canalla! —dijo entre sollozos.

Aquella noche, Hugo, su hija, y Marga, su mujer, celebraban la licenciatura de Raquel en un lujoso restaurante de la playa. La cena fue exquisita. Hugo no escatimó en nada: un auténtico Jabugo, que fue como una caricia para el paladar, langosta, almejas y lubina al horno; todo bañado con un delicioso caldo de Sanlúcar.

— Ahora tienes que preparar unas oposiciones para la Administración. Ahí se gana bien y no se hace ni el huevo; además, es un trabajo para toda la vida. Fíjate tu primo Nacho, vive como un rey —dijo Hugo, mientras mojaba la punta de un Habano en la copa de coñac.

—La casa tiene el placer de invitarles a una botella de cava —dijo el camarero, de vuelta con la factura.

Brindaron por el éxito de Raquel. Ésta se ruborizó cuando su padre dijo en un tono algo elevado:

— ¡Por la futura abogada del Estado!

Hugo propuso tomar una copa en alguna terraza del paseo marítimo antes de regresar a casa. A Marga no le gustó mucho la idea, pero la noche había sido maravillosa, y a él se le veía tan feliz que no dijo nada por temor a estropearlo todo. Raquel sugirió El Caimán, un bar de copas con actuación en directo.

 

Estaba sonando No sé qué pasa esta noche, de Hilario Camacho, en la voz de un joven de cráneo rapado. El ambiente era excelente. Eligieron una mesa cerca de la tarima que hacía de escenario y pidieron las consumiciones. El solista miró a Raquel con ojos de deseo y se puso a cantar para ella. Al poco llegaron dos compañeros de trabajo de Hugo, acompañados de sus mujeres. Arrimaron otra mesa a la de ellos y, en seguida los hombres hicieron la típica reunión machista, ignorándolas a ellas. Las mujeres hablaron de todo un poco; los hombres sólo de trabajo.

La velada se prolongó algo más de lo que Marga y Raquel hubieran deseado. Eran las cuatro y media de la mañana cuando ellos decidieron dejar de castigar su hígado. En el trayecto del bar hacia el aparcamiento, Hugo dijo algunas frases inconexas que alarmaron a Marga.

— Creo que será mejor que llamemos a un taxi. Tú no estas en condiciones de conducir. Has bebido demasiado —dijo Marga.

— Estoy bien, Marga. No debes de preocuparte —dijo él, víctima de la sensación engañosa de bienestar que produce el alcohol.

    ¿Seguro?

    ¡Que sí, mujer!

Marga reflexionó sobre el comportamiento de Hugo como conductor, y pensó que debía de tener confianza en él: en veintiséis años que llevaba conduciendo no había tenido ningún percance; ni siquiera le habían multado por estacionamiento indebido. Hugo era un hombre muy prudente.

Fue todo muy rápido. Hugo, llevado por la falsa seguridad que el güisqui le había proporcionado, tomó una curva a una velocidad que no pudo controlar y tuvo lugar la tragedia. Marga falleció en el acto, y Raquel llegó con vida al hospital, falleciendo unas horas después. Hugo era un muerto viviente desde entonces. En el informe policial figuraban unas cifras astronómicas de alcohol en sangre.

Hugo recordaba las secuencias de aquella noche siniestra con asco y repudio de sí mismo.

A la vuelta de la publicidad  el científico prosiguió con su teoría sobre el fenómeno del sueño:

— Antiguamente el sueño se consideraba como un estado pasivo, como un periodo de inactividad que carecía de interés para el mundo científico, pues solamente eran estudiados los sueños. Fue en 1937 cuan…

Las emisoras se empezaron a cruzar al antojo del dial, llevado por el hastío de Hugo, que buscaba algo más ameno para soportar la crudeza de la noche. Se detuvo en un debate sobre la contaminación industrial. Él era un hombre muy concienciado con la protección del medio ambiente.

Era tiempo de vendimia y las moscas abundaban por doquier. Hugo se levantó y enchufó el ahuyentador de insectos, luego cogió un cuadro de la cómoda con una fotografía en la que estaban él y Marga, y las lágrimas comenzaron a drenar por sus párpados. La foto estaba hecha por Raquel, tres años antes del accidente, en la terraza de un restaurante chino de Puerto de la Duquesa. Aquellos fueron unos días muy felices para todos. Marga, hacía unos días que había recibido el resultado satisfactorio de una mamografía que la tenía obsesionada. Y a Hugo lo habían ascendido en la empresa a un peldaño de los más altos del organigrama. Aquello era motivo suficiente para pasar unas pequeñas vacaciones en las costas de Manilva, antes de que Raquel partiera para Inglaterra a perfeccionar el idioma.

 

Ya quedaba poco para que comenzara Hilo Directo, un programa conducido por una dulce voz femenina, donde los noctámbulos encontraban su válvula de escape, y al que Hugo había llamado en más de una ocasión para descargar el lastre de su conciencia. Hugo volvió a poner el dial en Onda 33, a la espera del comienzo. El científico del sueño parecía haberse adueñado de la emisora.

— Cuando una persona duerme —dijo—, los ojos tienen movimientos lentos y rotativos, y a través del electrooculograma podemos detectar las corrientes que estos generan cuando se mueven. Hoy sabemos que el sueño es un proceso que consta de cinco etapas: somnolencia, adormecimiento, sueño ligero, sueño establecido y sueño profundo.

La sintonía del programa dio paso a las noticias, pero antes de terminar la última señal horaria, Hugo cayó en un sueño profundo, saltándose las cuatro etapas anteriores.

Dos meses después un fétido olor alarmó a los vecinos. Hugo apareció en posición fetal, con la foto de su mujer entre los brazos. «Era un tipo muy raro. Apenas salía de casa. Sólo se le veía en el supermercado y en la farmacia. Yo creo que estaba algo trastornado», respondía así, una vecina a las preguntas de un joven periodista.

 

El forense se detuvo en una pequeña úlcera que apareció en el duodeno, pero no le dio ninguna importancia. Luego, al llegar al corazón, dijo: «Corazón contraído y atrofiado… Raquitismo en los vasos». El ayudante tomó nota del diagnóstico. Después el forense continuó buscando celosamente en las vísceras, en los huesos y en el cerebro, pero no encontró nada que pudiera determinar su muerte. «Este hombre ha muerto de angustia», resolvió el forense.FINInscrito en el Registro General de la Propiedad Intelectual de Madrid, dentro del libro “Vidas sesgadas”, con el nº 00/2000/16022 Sección 1 Críticas de los lectores de la revista letrasperdidas
Jesús     4/09/2003 21:52  
Antes que nada, debo aclarar que carezco de herramientas y vocabulario técnico para hacer crítica o evaluar cualquier trabajo literario, de modo que sólo me guío por mi subjetiva impresión y el efecto que dicho trabajo haya causado en mi.

Dicho esto, debo comentar que La Última Fiesta de Mayo me gustó, me parece un buen cuento de un novel, está bien estructurado, y su estilo es agradable. Sin embargo el argumento trágico no es muy original, desde mi punto de vista. Buen final.

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País

Venezuela

Cuento

La Ultima Fiesta

Autor

José Mayo

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Bueno
   
José Luis Amieiro Rodríguez     3/09/2003 17:06  
Muy bien escrito. Imaginativo. Extenderme en una explicación de índole literaria sería un poco como matar el sabor que ha dejado en mi el cuento. Es como saborear un buen vino y que alguien te de explicaciones de su origen. Dejadme saborear el vino y después yo averiguo de donde es. Así es de sencillo. Me gustó y me parece de muy buena calidad literaria. Imaginativo. Un saludo ,josé Luis.

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Cuento

La última fiesta

Autor

José Antonio Mayo

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Muy bueno
  
Ramiro Salazar Wade     3/10/2003 20:42  
Me gusto, sobre todo las narraciones que interponías sobre el sueño, muy científico y le ponía intensidad al cuento. el final me decepciono un poco, quizás algo mas, no se, creo que estuvo bien.

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Cuento

La ultima fiesta

Autor

Jose Antonio Mayo

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Bueno
 
 Andrés Moreno Galindo     12/10/2003 08:43  
Una muy interesante reflexión sobre la culpa y el arrepentimiento. Aunque a veces se me antoja un poco demasiado puntilloso en las descripciones, eso solamente es una percepción mía, me hubiera gustado más que la tragedia se hubiera sugerido de una manera sutil, no de manera tan clara. De todas maneras, un relato excelente. Mis felicitaciones.

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Cuento

La última fiesta

Autor

José A. Mayo

Calificación

Muy bueno